Alguna vez escuché un “Te amo”
pero hoy sólo es un eco
que suena entre los escombros.
Una flor sin pétalos que reposa,
bañada en olvido, sobre mi cama
y aún huele a tu cuerpo.
Me escabullo de tanto en tanto
y llego hasta tu pecho,
donde tus latidos son mi reloj
y se detiene el tiempo.
El sol quema mi piel cada mañana,
pero tu recuerdo quema mi alma
cada madrugada.
En mi piel, inmóviles,
huellas que, con los años,
debieron lavar mis lágrimas.
Casi por casualidad
se me escurre un suspiro
y te escapas en el aire.
Tiemblan mis dedos,
pues basta apagar la luz
para que tu fantasma
penetre la oscuridad.
Solía ser indiferente,
pero ahora me perturbo ante la vida,
pues no me viene bien vivirla
pensando que no encontraré
unas caricias parecidas.
No recuerdo lo vivido
con exactitud de detalle,
pero revivo por momentos
la exactitud del sentimiento:
la felicidad, la alegría…
más luego despierto
y la veo perdida.
Dolor, un sentimiento que
no me mata, pero tampoco
me hace más fuerte.
Sólo sé que hay que seguir adelante,
pero cuanto más lejos voy,
más pesados los grilletes.
El camino es largo,
y puede que alguna vez
dejes de dolerme.
Mientras tanto,
para ti, mi última pasión,
mi gratitud y mi rencor.
Las gracias por enseñarme
lo que otras manos no pudieron,
y el rencor no por el daño que hiciste,
sino porque no pudiste
hacer nada para remediarlo.
Escucho entre los escombros “Te Amo”…